«El discurso usual enfrenta lo público a lo privado como si de conjuntos disjuntos se trataran, dando pie al enfrentamiento entre un (neo)liberalismo que se dice partidario de lo privado y una izquierda que defiende lo público».

Naredo, J.M. (2019).

El cambio de propiedad colectiva a pública durante estos dos siglos supuso el intento por parte de muchos historiadores de explicar este proceso desde la estatalización de los recursos, la innovación, la educación como algo necesario en aras de una hipotética modernización sobre la que tampoco hubo un debate de fondo, más allá de si más industrial, más agrícola y peleas de gallos o digo de ingenieros de caminos, de montes o de minas.

Los «héroes» desplazados de la «comunidad de bienes primigenia» poetizaron sobre la gestión de un recurso, el hídrico, y más abajo, el subterráneo, señalando hacia saberes, técnicas e incluso capitales, todos desconocidos, como la llave que abrió el flujo de intereses entre Estado y corporación. Así, mal que bien, se consiguió esquilmar a base de bien un recurso que siempre se aprovechó, desde que los primitivos beben, de manera autoorganizada, algo que permitieron más las señoras Coronas de Castilla y Aragón durante siglos que los «míticos hombrecillos» de la segunda mitad del XX humedecidos por semejante anhelo hídrico.

La actualidad del problema del Estado mirando su propio rostro en el espejo de la hidro-modernización resulta en un ejercicio necesario de empuje ante un ensimismamiento histórico que no nos permite buscar como historiadoras y personas otras razones que no finalicen en el apaciguamiento del ánimo al recordar: sí, fue el Estado contra todos, pero quizá no estamos en condiciones de ser tan políticamente incorrectas. Y de ánimo, regular, aunque no tan mal como para entender que lo público no es lo común, que el poder del «neurótico» que se aisla reflejado en su propio deseo de más, nos ha llevado a menos, porque ‘poder’ no es el del «rey que se cree rey», como ya sabemos.