Mientras Nietzsche dormitaba en la butaca de uno de sus innumerables viajes entre Alemania, Suiza e Italia, el último tercio del XIX corría parejo y a la altura de su ventana le espetó: -«Soy una constelación de fuerzas cambiante que pugnan entre sí para asegurarse la dominación».
La ebullición de este ciclo celebraba tanto la gestión consuetudinaria como su degeneración, y la instauración del nuevo Estado, la propiedad privada o pública, para el caso, continuaron su carrera patrimonialista desde una tensión que anulaba lo que alguna vez fue una convivencia más heterogénea y desigual, y si no más violenta, sí más desregulada. Se solapaban los planos y se juntaban las aristas y los contrarios se miraron más cerca que nunca.

Entrado el XX nada cambió, la costumbre local regía la gestión de los recursos cuando podía, y cuando no el regulado a su manera cedía propiedades y otorgaba concesiones a patadas, con tal de que pasara algo, con tal de que alguien hiciera algo que pareciese que se hacía algo, así, entre el yo patrimonializo y tú patrimonializas, nosotros patrimonializamos, en realidad dio igual que el agua fuese pública, privada o colectiva, porque lo que medió en las acciones de esquilma de los recursos hídricos subterráneos españoles hasta la actualidad fue el ansia del tiempo por correr veloz y despertar a las personas: -«La voluntad de poder es la esencia misma de todo cuanto vive».

Redencionistas, cuerpos técnicos y políticos, usuarios privados bombeando en un campo-matriz de sindicatos hacia arriba, con un amo que corre hacia atrás, entre la suma y sigue de Planes Nacionales, desde el frankenstein madrileño con dinero público y nacional a la financiación privada e internacional barcelonesa, cuando ya el problema no puede ser la forma de propiedad, si no qué gestión asociada a qué posibilidades según contexto y proyección a largo plazo que nunca se llegó a dar. Planes no planificados, sin gente y sin dinero, que dieron de beber a quien no tenía sed. La modernización agraria e industrial española vista desde el único prisma del todo o nada, de ser o no ser, de hidroeléctricas porque sí, porque veo la energía cómo cae entonces es. La herencia tecnócrata franquista como la lacra del especialista de hoy día, el tonto útil, la retórica vacía, que cuanto menos saber, más poder.

Los torturados, las violadas, las rapadas, los pueblos ahogados, los represaliados, los muertos en las cunetas que no hombre que no, que no los dos bandos por igual y ni de lejos con igual legitimidad y derechos, la generación de madres de la Sección Femenina, ese poso rancio y puritano que no se quita. Las ventanas sin maneta de La Transición. Un olor a carne quemada que perdura en un espacio que ya no es físico, porque la guerra ya pasó, el franquismo ya pasó, la familia ya pasó y ahora la responsabilidad es de cada una. ¿Cuánta impunidad cabe en la conciencia de un solo ser humano?, ¿y en la de muchos? Ahora ya solo cuenta cada cual. «Economía y cada cual», tendría que retitular Weber. «Cada cual y cada cual», diría ahora Tönnies. Marx, «Formaciones económicas de cada cual».

Y aún así, los tuertos, las traumatizadas, las locas, las desheredadas, los hijos de las iletradas, las enfermas de tanto mal, se levantarán, en una nueva era que ya está aquí donde las aguas también hablan, los ríos tienen derechos y los animales enseñan sus garras y ya se enfrentan al macho pre-covid y lo curan en saberes y humildad. El futuro es el ser no humano, y el reto volverlo a ser. Superar esta larga etapa de límites ultrapasados, de cientos de primeras líneas vencidas. En los abismos civilizatorios de la condición humana, que hasta el agua, el petróleo, el gas, van a aguantar más.